Progreso al pasado

– Nos vemos en el futuro Marty.

– En el pasado.

– ¡Exacto!

Regreso al futuro III

regreso

Usaré esta palabra: videoconsola, a pesar de que me dice mi amigo José Manuel que eso no lo dice nadie.

Los niños de los ochenta fuimos los que empezamos a trastear con las videoconsolas. En los años 80, lo que tenía éxito era jugar al tenis virtual, véase: una pantalla dividida en dos, un punto – a modo de pelota- que iba de un lado a otro y dos pequeños muñequitos que la golpeaban. Simple. Luego llegaron los videojuegos con mejores gráficos, más desarrollo, más real; después, las videoconsolas con mando a distancia, ésas que alimentaron la leyenda del tipo que al golpear con demasiada fuerza lanzó el mando y rompió el televisor. Ahora creo que ya no hace falta mando, y que la maquinita reconoce los movimientos del jugador. Dicen que uno se mueve tanto que incluso suda y tiene agujetas.

La tendencia, como ven, discurre hacia la realidad. El siguiente paso, emocionante, será alquilar una pista, ponerse un meyba y unas zapatillas, empuñar la raqueta y jugar con pelotas de verdad. Se cerrará el círculo, será el progreso al pasado.

Esta virtualidad nos entretiene y nos despista, pero es la ley del ciclo vital que diría Disney, un continuo equivocarse y corregir. Quizá corregir esté de moda y por eso mi amigo José Manuel ha cambiado su placa de inducción por una cocina con gas, con la que se preparan mejores platos y que tiene menor consumo eléctrico. Ya saben, antes la riqueza era el espacio, hoy la riqueza es la energía. Ayer me dijo el técnicos que nos va a poner dos splits en casa que eso del Inverter había sido un bulo para vender más, para que la gente cambiara sus máquinas antiguas. Fue el mismo que hace meses me vendió la Inverter.

Quizá, por eso del regreso se lleva el tricoteo (ahora llamado urban kitting) y la lana, fuera lo sintético. Quizá por eso uno se ve más integrado de fin de semana en una casa rural de Los Pedroches que en Roma con chanclas y camiseta de tirantes o en Nueva York, “oiga que yo estuve en Tiffany’s”.

El progreso al pasado hay que hacerlo sin ser pretencioso. Lo dijo el pasado viernes mi amigo Juan, que mueve a una bodega montillana, Robles, que propone la vuelta a lo ecológico y sostenible “cuando nadie sabía que eso era ecológico y sostenible”. Hace unas semanas, estuvimos en el norte de Cáceres y allí una señora nos explicó qué era eso de “curar los olivos”: echarle potingues, herbicidas y demás para quemar las plantas que salen a su alrededor. Si no lo hacías estaba mal visto, era como quien no limpia su casa. Ella prefería no curarlos, no echarle nada, “que todos esos productos seguro que acababan afectando también a los olivos”. A mi me gusta el progreso al pasado, selectivo claro, sin dogmatismos ni imposiciones.

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