Final de verano

Esa campaña, la producción de melocotón había triplicado la del año anterior en Riumors. Manel Morales necesitó la ayuda de tres personas para completar la selección de variedades, repartir el género en cajas y cargar las camionetas que llegaban desde otros pueblos cercanos. El local, que servía tanto para la venta al público como de almacén, se encontraba frente a las treinta hectáreas de cultivo cuya propiedad compartían los dos hermanos Morales: Manel y Gabriel.
El calor infrecuente de junio había favorecido una floración temprana y la ausencia de lluvias torrenciales durante julio permitió al fruto crecer como nunca lo había hecho. Los melocotones eran a la par espléndidos y sabrosos y su olor inundaba el pequeño pueblo tras verterse a la calle a través del portón de la cochera que, en esos días de ajetreo, permanecía abierta toda la tarde.
Cada navidad, en una especie de protocolo familiar en torno a una comida copiosa y ostentosamente feliz, Gabriel Morales recibía de su hermano una cantidad fija por los beneficios de la cosecha. Él no trabajaba la tierra, lo suyo era regentar el único bar del pueblo que sobrevivía gracias a los desayunos, menús diarios y algún almuerzo ocasional de los turistas que utilizaban las carreteras secundarias para conocer el interior del Ampurdán. En Riumors había un bar, un estanco, una iglesia y dos ríos muertos que daban nombre al municipio. Cada mañana, antes de ir al campo, Manel acudía al bar de su hermano. Su cuñada Rosa le servía un café con leche. Conversaba con algún vecino, si lo había, principalmente de fútbol o de política y después caminaba hasta la finca, a menos de un kilómetro del cartel que indica el límite del pueblo. El final de verano se había llevado ya el calor y había vaciado las dos casas rurales.
Ahora que el anuncio de los primeros fríos frenaba la producción, Manel caminaba más tranquilo, aliviado por los buenos resultados de la campaña aunque melancólico ante la llegada de un otoño que allí era casi un invierno adelantado. Tras intensos meses de trabajo era ahora el momento de tomar un descanso. Como aficionado taurino, había pensado aprovechar ese tiempo muerto entre el final del verano y la navidad más hogareña para viajar a Nimes; quizá también a Marsella. Manel era un payés leído y aquel lunes, mientras caminaba y observaba el paisaje, oyó el motor de una furgoneta que se acercaba.
-Repítame su nombre, por favor.
-Rosa. Rosa Carrilero.
-Es usted cuñada del fallecido.
-Sí.
-Me decía que estuvo con él esta misma mañana.
-Así es, agente. Vino a tomar café al bar, como cada día.
-¿Notó algo extraño en su actitud?
-Nada, en absoluto.
-¿Sabe usted si Manel tenía enemigos en el pueblo?
-No, que yo sepa. ¿Por qué dice eso?
-Ha sido atropellado de forma muy violenta. No parece un accidente, sin más. ¿Qué estaba usted haciendo a las nueve y media de la mañana?
-Estaba en el bar, sirviendo cafés. Esta mañana había cierto movimiento.
– ¿Y su marido? ¿Sabe usted dónde estaba a esa hora?
– A esa hora debería estar en casa. Él siempre llega al bar un poco más tarde.
– Dígame, ¿es ésta su furgoneta?.
– Sí, es esa. ¿qué ocurre?
– ¿Usó usted esta mañana este vehículo?
– No.
– Pero, según el testimonio de algunos vecinos, usted suele utilizarla para ir al bar.
– Sí, pero hoy fui andando. ¿qué ocurre?
– Señora, hemos encontrado su furgoneta abandonada en los campos elevados del final del pueblo.
– ¿Y mi marido?
– Han localizado su cadáver en el pozo de ladrillo que hay al final del pueblo. Están intentado sacarlo de allí.
Las tres variedades de melocotón llegaban al mercado con un punto de maduración sublime. Por infrecuentes, los de carne blanca eran los más requeridos. Sin embargo, los realmente exquisitos eran los melocotones amarillos.

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