Varon Dandy

El testamento era claro. La partición de los bienes entre sus dos herederos no dejaba lugar a dudas. Los bienes materiales para Hija, los pecuniarios para Hijo. Casi equilibrado, salvo el detalle de las retenciones fiscales que corrigió el notario en el proceso. No hubo disputas, sólo dolor por la muerte de Padre.

Para Hijo el dinero. Para Hija el viejo coche, el apartamento en el centro y otra propiedad de cuya existencia apenas tenían constancia: un local, en el barrio, del que Padre no había hablado jamás.

Cuando Madre y Padre llegaron a la capital abrieron una tiendecita, una especie de colmado en los bajos de un edificio de dos plantas, aprovechando el fin del racionamiento. Eran los años cincuenta. El establecimiento permaneció abierto sólo dos años, hasta que Madre murió repentinamente.

 

Así que hoy —ella maestra y su marido, diputado reputado—, se han ido hasta allí con las escrituras en la mano, un juego de llaves y la incógnita pellizcándoles el estómago.

La persiana metálica había permanecido bajada sesenta años, desde el mismo día en el que Padre la cerró a prisa y corriendo para llevar a Madre al hospital. Nunca volvió. Así que al abrir estaban aún sobre el mostrador las gafas de cerca, la caja registradora abierta y casi vacía, la libreta cuadriculada con la contabilidad escrita a mano y las estanterías llenas de productos: gaseosas La Casera, botellas de Mirinda, jabones Persil y Lagarto bien apilados en los estantes más altos, tubos de crema de afeitar Rapide, agua mineral purgante Fita Santa Fe, latas de leche condensada La Lechera, pastillas de caldo Starlux, polvos de talco Ausonia, Terry, Soberano… La foto del dictador sobre el marco de la puerta que da paso a la trastienda…

Hija, atónita, contempla el lloriqueo emocionado de su marido que al ver el paraíso del pasado recreado en esta especie de parque temático de la posguerra se ha quedado con la boca abierta, como quien hace realidad su sueño de volver atrás. Él, sin disimulo, le mira las piernas y los pechos a la pelirroja del cartel de Varon Dandy que cuelga de una de las paredes y piensa: «lo estamos haciendo muy bien».

 

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