El bosque (espacios)

Quería vivir en el bosque. Como Thoreau. Pero los sueños solo son eso, sueños, y el bosque queda excesivamente lejos para mantener nuestra vida, dócil, acomodada y confortable en la ciudad. Si es salvaje, el bosque es hostil. Ahora pienso que lo que quería no era vivir en el bosque, entendiendo bosque como lo hace Gary Snyder, sino vivir mirando al bosque, sin mancharme los pies de barro, sin soportar los insectos, la humedad. El mito de la casa sobre los árboles me embriagó. Por eso compré un piso a una altura determinada que me permitiera mirar los árboles a los ojos, no a las copas, ni a los troncos, sino a los ojos, he dicho.

El bosque me miró, lo hizo en su conjunto, aunque más bien lo hicieron los árboles: uno a uno. Me invitaron a bajar entre ellos, a recoger sus frutos, frutos del bosque, a mezclarme con su humus, al juego de escapar de sus arenas movedizas y me retaron a soportar la vida entre ellos, a sobrevivir a lo salvaje. Pero no quise, así que salí a mi terraza, frente al bosque y les miré, por un momento desafiante.

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De manera imperceptible, el bosque concentró todos sus esfuerzos en tocarme y cada día, las ramas de los árboles avanzaban unos milímetros hasta mi terraza. Al principio me pareció una buena noticia: sentir las estaciones, la quietud del invierno, el frescor de la primavera, en otoño tocar el rocío reposado en las hojas anchas a punto de caer. El avance era por momentos desmedido, en otros tiempos disimulaba, parecía frenado. Pero llegó la segunda primavera frente al bosque, que se toma su tiempo para todo, y la velocidad a la que crecían las ramas se multiplicó exponencialmente. Así, cada mañana salía a recortarlas. Al principio eso me tomaba casi media hora diaria, lo hacía antes de ir al trabajo. Al volver, ramas y hojas habían invadido de nuevo mi espacio. La media hora diaria pasó a ser una hora cada mañana, y luego otra cada noche, al regresar a casa. Enfermé unos días, lo que me obligó a quedarme en la cama. Al salir comprobé las hojas tocando el cristal. El bosque ya estaba aquí.

Las tijeras de podar que compré en la ferretería del barrio no eran ya lo bastante recias para cortar las ramas. Acudí al ayuntamiento y pedí que alguien me indicara cómo solucionar este problema. El bosque ya había invadido mi terraza y dos meses después nadie me había dado respuesta: el área de jardines señalaba que era competencia de urbanismo, urbanismo se inhibió y las ramas empujaban ya el cristal del salón.

Compré una sierra eléctrica y los vecinos, con razón, protestaron. Conseguí sacar de la terraza toda aquella madera cortada con la ayuda de unos amigos. La Policía Local me denunció por tala indebida e incontrolada. La ventana volvió a estar tupida de hojasverdes, las ramas volvieron a empujar el cristal del salón hasta que una madrugada me despertó el crujir de cristales sobre el suelo.

Saqué las cosas del salón a medida que avanzaban las ramas, con sus insectos y sus palomas. Las metí como pude en las habitaciones y unos meses después, cansado de cortar y limpiar, clausuré el salón. Puse la casa en venta pero nadie vino a verla. El avance del bosque, al que aquel día miré desafiante, era imparable así que tapié con ladrillos las salidas del salón al pasillo, donde se acumulaban ya los muebles, los libros y la mitad del chaise longe.

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