El calor y la nostalgia

Hace casi un mes que no escribo un artículo. También hace un mes que leí esto en el muro de Facebook de Miguel Gómez Losada:

El calor de Córdoba del que tanto me he escondido, ahora me gusta, por agradecimiento. Casi todos mis recuerdos son en verano, soy en verano. Y qué extraña proporcionalidad hay entre el sol extremo y la nostalgia, entre la quemazón y la longitud del recuerdo. El calor dilata la memoria. Sin calor no habría viajes imaginarios al norte, donde el goce del pensamiento es nacionalidad: ser del frío alemán, de las historias rusas o de un souvenir en la maleta de mi padre. Pero el calor español a la hora de los vencejos es mi raíz, y lo he sabido en tiempo real. (28/6/2015)

El calor, que detesto sin duda cuando no estoy como ahora refrigerado frente al ordenador, cuando cruzo la plaza de las Tendillas hacia el trabajo, cuando no hay piscina a la que ir, cuando el pantalón largo se torna obligatorio, cuando el hormigón asolado caldea mis pies a medianoche… Ese calor es también, como dice Miguel, la raíz de una ciudad como Córdoba que provoca actitudes poéticas como subir a observar la ciudad desde el mirador, con las puertas abiertas, o a desplegar dos mesas de plástico para que chiquillos y mayores soporten la canícula al semifresco de los jardines públicos de la joroba de Asland, o cuando las parejas buscan los carriles de tierra de la sierra para apaciguar sus calores en coches camuflados entre el verde pardo del campo nocturno.

El verano es recuerdo, como dice Miguel. Si hubiera aquí una temperatura menos virulenta, Córdoba sería una ciudad insoportablemente turística también en verano, y nuestros dirigentes inventarían otros eventos magnos, folclóricos y ruidosos que nos impedirían disfrutar de las calles solitarias de esta ciudad de verano que, es cierto que calurosa, pero también favorece el trasnoche tranquilo, los bares semivacíos, las familias en los parques, las parejas huyendo a la sierra y esa extraña proporcionalidad entre el calor extremo y la nostalgia.

No suscribiré esto a las tres de la tarde, cruzando las Tendillas, pero tal vez sí de nuevo esta noche en la terraza de casa, en el cine de verano o en la plaza de las Cañas palpando con los pies el suelo caldeado. El calor es el que nos invita a huir, algo muy sano, pero también es nuestra patria en cierta medida.

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