¿Show o tostón?

¿Show o tostón?

A estas alturas alguien debería preguntarse qué esperamos como sociedad de un debate electoral. Porque, si como parece, los ciudadanos se han reenganchado a la cosa pública y los shows de temática política sobreviven con algarabía a la dictadura de la audiencia televisiva, lo que vivimos
ayer en el ‘debate a siete‘ fue un ejercicio absolutamente alejado de esos intereses.

Y es que, cuando hay siete señores (todos hombres por cierto), encerrados en la estructura que han negociado sus asesores, de turno estricto y secuencial y sin derecho a réplica, el ciudadano o pone el fútbol o hay que agradecerle de por vida el esfuerzo.

Ayer echamos en falta, y mucho, a la candidata de Podemos, Teresa Rodríguez; y por qué no, también a Susana Díaz, Juanma Moreno y a Albert Rivera (aunque no sea candidato), o alguien que se le parezca, porque lo ofrecido por Juan
Marín
no se acompasa a lo que las encuestas otorgan a Ciudadanos.
A Maíllo, en cierta medida, también lo añoramos. Al menos al Maíllo que el
lunes se coló entre Díaz y Moreno reinvindicándose y que ayer optó por no arriesgar. Si una televisión lograra esa terna, sería un bombazo. Pero
claro, Canal Sur es pública y, nosotros, el público, deberíamos preguntarnos qué queremos: show o tostón.

Y tiene cierta lógica que nos lo preguntemos para que, si así lo
decidimos, todo siga igual. Porque para show ya está La Sexta Noche cada sábado que, a tenor de lo que comprobamos ayer, el candidato de UPyD Martín de la Herranz se ha visto todos los capítulos para entrenar,
convirtiéndose en un estupendo tertuliano a la altura de

Marhuenda

, Aroca o Errejón. Con su tono potente y sus interpelaciones continuas a PP y PSOE logró meterse en la tete de la course hasta el punto de prometer que si es diputado renunciará a su sueldo en el Parlamento. Decía que si el show ya existe y no nos parece del todo adecuado para la pública, habría que buscar algo que no se agote por sí mismo: un formato híbrido, elegante
pero atractivo, justo pero no inválido.
Capítulo aparte merece la brevedad de las intervenciones. Porque intuyo
que esto de ceñir a un minuto el tiempo para cada invitado radica en la
pretensión de que el debate fuera ágil, los candidatos no durmieran a las
ovejas y nadie se sintiera beneficiado o perjudicado. Se me encoge el
corazón cuando veo a los compañeros periodistas de medios públicos
ajustando sus crónicas a lo que establece la Junta Electoral. A fulanito
45 segundos, a sutanita 58 y a menganito 1′ 10”.
Quisimos tanta garantía de equilibrio entre las partes que nos cargamos el producto. Pues eso, ¿show o tostón?

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