Veraneo

El veraneo tiene esas cosas que nos hacen preguntarnos qué mecanismo interno nos lleva a decantarnos en el caro supermercado de la playa por el champú “fuerte y brillo” en lugar del de “cabellos normales”. O a confiar en que el “reparador de cabellos” nos ayudará a no perder el brío de nuestro pelo maltratatado por el sol y el salitre. Uno intenta impregnarse de las bondades de las etiquetas de los productos que compra.

El veraneo, concepto privilegiado en estos tiempos de paro, se acaba cuando comienza a trabajar y no ha empezado si el trabajo se mantiene durante las vacaciones. Suenan ya a lejanas, aunque no extinguidas, aquellas historias de familias enteras que veraneaban en su residencia de verano en San Sebastian o Comillas. Sigue habiendo casos, pero ahora nadie parece hacer demasiada ostentación de ese lujo del descanso a mes completo, personal de servicio y vivienda fresca en zona alta del norte. Ya tampoco parece haber nadie que vaya a “tomar las aguas” y ese privilegio de burguesía y clase alta lo han sajonizado los más afortunados para reducirlo a unas visitas esporádicas al spa.

He faltado por aquí. Uno se da cuenta de que tiene que dejar de escribir tonterías, al menos unas semanas, para volver con más fuerza y retomarlas por donde las había dejado.

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Así que el veraneo, que para mí se ha acabado, me ha servido para reflexionar sobre eso de que “el pueblo, como tal, no existe”. Lo decía Josep Pla al citar al cura de un pueblo del Ampurdán que aseguraba que “mis feligreses no están interesados más que en las cosas puramente materiales. Adoran sus vacas, sus yeguas, sus patatas y su maíz. La limitación es inenarrable. La pequeñez, inmensa. El pueblo, como tal, no existe.” Esto, publicado en 1942, es aplicable a nuestro día a día, pero como la generalización conlleva siempre el error diré que el pueblo sí existe en algunos lugares. Es el caso de la Ermita de la Aurora, donde los vecinos proyectan cine. Hasta ahí todo elogiable pero nada extraordinariamente novedoso. Lo mejor viene al final de la película cuando cada vecino coge su silla y la apila junto a las demás en el lateral de la ermita. Quizá pueda parecer poco, lo cierto es que es un buen punto de partida para reconciliarnos con la ciudad.

Esta noche de jueves 28 de agosto proyectan “A Roma con amor”, de Woody Allen. Si gustan vayan pronto, a las 22.00h la sala estará completa. Y cuando acabe la película recuerden ayudar a retirar las sillas.

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