Leocartín

Blancas son las casas del pueblo; las calles se alongan en una blancura doliente: más que blancas, son blanquísimas, como los mármoles, como las naves de los cementerios de las grandes capitales”.

MARTIN RUIZ, Leocadio. Las Canciones del Llano. Sevilla: Artes Gráficas, 1916.

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Tienen 97 años, son gemelos y nacieron en Sevilla en 1916.

El ejemplar de la izquierda va vestido con una cubierta de un material que imita la piel, granate, encargada a medida en la Fábrica de Cajas y Encuadernaciones José Arenas, Alfonso XIII (calleja) Teléfono 227115.

El de la derecha mantiene su indumentaria de nacimiento, un papel que el tiempo ha tornado a verdoso y que está plegado hacia dentro en sus esquinas.

Si no fuera por las manchas que la humedad ha pintado en el perímetro de muchas de las páginas del ejemplar de la derecha, podríamos decir que el interior de ambos es idéntico. Coincide la paginación, los pasajes, las letras y los asteriscos que separan algunos puntos y aparte. Son, como niños robados, dos hermanos gemelos, separados al nacer que ahora se han vuelto a encontrar.

El camino que recorrió el primero se intuye: nació en Sevilla, fue entregado al padre (Leocadio Martín Ruiz) y formó parte de su biblioteca hasta que murió joven en un accidente de sidecar en 1920. Entonces fue guardado por su viuda, como quien alberga un tesoro, tanto que seguramente mandó vestirlo con el mencionado traje tinto y las troqueladas letras doradas. De ahí pasó a su hijo, de éste a su nieto y ahora lo ha tomado prestado su bisnieto para escribir este artículo.

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El otro ejemplar pasó mayores penurias, lo dice la fragilidad del hilo que cose sus páginas. Pero el tiempo y la memoria agradecen la huella que dejamos en los libros, como esa dedicatoria de mi bisabuelo a la Señorita Rafaelita Pablo (Ilegible) Zalabardo. O su autógrafo, Leocartín, que indica ya algo del personaje, amante de las tertulias, las aventuras, el periodismo y la literatura. Los libros subrayados tienen más vida, todavía hay tiempo para rectificar ese afán por mantenerlos impolutos, con la excusa de no querer condicionar una segunda lectura. El devenir que toman los libros tras salir de la imprenta es un misterio que uno puede jugar a adivinar en los rastros dejados sobre el papel. Éste, de la derecha, dice que costó 3 pesetas (la suscripción durante dos meses del ABC de la época) y ha sido propiedad del que fuera periodista, cronista e Hijo Predilecto de Córdoba José María Rey Díaz. Ha llegado a mi desde una librería de viejo de Madrid para unirse a su hermano, al que le tocó vivir mejor arropado, como a las cosas que queremos.

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